
Relato de ficción inspirado en algo parecido a la realidad
Madrid, principios de los 90, la juventud había encontrado un ídolo existencialista y una solución a las inquietudes vitales en el grunge, a la par que una generación luego denominada X, observaba cómo el Spectrum se hacía mayor y comenzaba a taladrar esquinas de disquetes con lo que tuviera más a mano. Lo recuerdo como si fuera ayer. Al PIRATA. No el de las ondas radiofónicas, sino el del Metro, el que se parecía a Kurt Cobain, el que abrió el camino a la copia ilegal de videojuegos a centenares, tal vez a miles de madrileños. El auténtico precursor del emule, el bitorrent y los efetepés privados. El que corrompió a una muchedumbre de adolescentes, el que hizo que perdiera la pureza en que mis padres tanto tiempo y esfuerzo habían invertido. El hombre gracias al cual descubrí en primera persona lo que era una comisaría…
No recuerdo mi edad exacta, pero estaría en quinto o sexto de EGB, y todos los domingos como un peregrinaje misal, una docena de barbilampiños mozos de Villaverde nos colábamos en el tren para viajar hacia Embajadores. En el interior de aquella estación, en un pasillo, semi-oculto por una maraña de jóvenes que acudían el día del Rastro atraídos por la posibilidad de adquirir el último juego de ordenador a un precio compatible con la paga semanal. Muchos de nosotros ni teníamos un equipo con el que jugar a las aventuras de Lucas Arts y simplemente íbamos de comparsa, con la esperanza de que el afortunado poseedor de un flamante 386 nos invitara a su casa a probar las compras… a ser posible con un bocata de nocilla.
Cuando llegábamos a la estación siempre mirábamos primero en el pasillo de la izquierda, aunque casi siempre se sentara en la vía de enfrente con su bolso de viaje repleto de discos de tres y medio y de cinco y cuarto, su lista de disponibles impresa matricialmente y las fotocopias de las claves anti-piratería que se usaban en la época.
Llegar a él no era fácil: empujones, gritos, intentos de pillaje. Tienes ya el Indy en la Atlántida, Y el Loom, tienes el Loom, Tío, el juego del otro día no tirab,, A mi una vez me pasó un disco con el barrotes, Pues a mi con el Pantera Rosa. El pirata simplemente sonreía y nos decía que le compráramos el Panda. El coste era poco más que el de fábrica, 50 pesetas por disquete si no me falla la memoria. Supongo que luego se las gastaría en birras que beber en el parque mientras tocaba la guitarra, fumando canutos o comprando la última tarjeta de sonido del mercado. Y supongo que también ahorraría para pagar la fianza cuando lo pillaran.
Un domingo cualquiera acudimos toda la tropa acompañando a un colega que nos caía mal pero tenía más dinero que el resto de chavales y siempre andaba presumiendo de tener la última tarjeta gráfica del mercado, un monitor más grande o el ratón más moderno. Ibamos cantando canciones del Seventh Son of a Seventh Son y del … And Justice for All, con los paquetes de cigarrillos escondidos en la entrepierna cuando llegamos a la Estación.

Buscamos al pirata, primero a la izquierda, luego a la derecha, y cuando vimos a una pareja sobrepasar la esquina con una caja de discos supimos hacia donde ir. Había menos gente que de costumbre arremolinada a su alrededor lo que favorecía admirar al que para nosotros era un icono, el ejemplo de lo que queríamos ser cuando fuéramos diez años mayores. Así que mientras Sergio, que así se llamaba el ricachón, miraba en la lista cuál juego comprar, la comparsa charlaba sobre la teta que había visto uno en el gimnasio o sobre las fotos del penacho del Buitre. Y en esas amenas charlas estábamos cuando se oyeron unos gritos que provenían de la estación: QUIETOS AHÍ. Era la guripa.
Corred, chillo alguno. Y todos salimos cagando leches hacia la salida; un servidor, el último en gimnasia, tuvo la mala fortuna de tropezar con la bolsa que contenía el objeto delictivo y antes de que pudiera fijar la vista nuevamente en el techo tenía a un supercop tendiéndome la mano a la par que me decía, vamos chaval, que te voy a enseñar por dentro mi oficina…
Y allí estaba yo, con un paquete de Fortuna escondido en los gallumbos, de la mano de un madero que en la otra llevaba un bolso con más de 1000 disquetes piratas, camino de la comisaría del distrito. Una vez allí la experiencia hubiera traumatizado a cualquiera, excepto a alguien tan insensibilizado como un servidor. Recordad, me había criado en Villaverde, dónde tenía que quitarme las jeringuillas que se clavaban en las deportivas si osábamos jugar al fútbol sobre el césped; dónde debíamos ir con cuidado a beber agua, mirando hacia detrás siempre que abríamos la llave de paso de la fuente porque era el lugar donde el Gigante Verde escondía la heroína.
En el hall había sentado un yonqui que le gritaba a la policía del mostrador que o le sacaban algo de metadona o le iba a meter la polla en el culo e iba a hacer que cagara leche batida una semana; un par de vagabundos estaban tirados en un rincón con la gabardina repleta de vómito. Había dos gitanos, uno que no paraba de hablar, otro con la nariz rota y un charco de sangre parda a sus pies con la forma, y prácticamente el tamaño, del continente africano.
Bonito, no chaval. Aquí es donde traemos a la gente que no sabe vivir en sociedad. Para castigarlos, para que se adapten, para que no jodan a los demás. ¿Tú quieres ser como ellos? Porque llevas un buen camino… Yo no me atrevía ni a mirarlo. Caminamos y me hizo pasar sólo a una sala, me pidió que me vaciara los bolsillos, me saqué de los gallumbos el paquete de Fortuna con vergüenza y con un pelo rizado como el rabo de un cerdo pegado a él y le ofrecí solícito el número de teléfono de mis padres.
Tras esperar unos cinco minutos, el agente del orden regresó y me dijo, Ven conmigo, vas a tener que pasar un rato con el resto. Obediente y sumiso como un gatito, lo acompañe a donde quisiera que me llevara. Bajamos un par de plantas y abrió la puerta de una celda común. Con la suavidad de un padre que templa los ánimos de su hijo me empujó entre los homoplatos, a la vez que me susurraba al oído Será breve, pero intenso.
Uno había visto ya muchas películas en su vida y había escuchado aún más historias sobre lo que pasaba en las cárceles; y aunque aquello no fuera exactamente una prisión, joder estaba encerrado con más de una docena de tíos que me doblaban de tamaño y edad. Había escuchado que lo mejor en estas situaciones era enfrentarse con el tipo más fuerte para que el resto te respetara, así que me fui hacia un bigardo de cabeza rapada y le espeté en la cara: Tienes algún problema, calvito.
El que luego me enteré que ante la pregunta del comisario de si era una nacionalsocialista respondió que él de socialista no tenía nada, se me quedó mirando como a un pelele, se rió y me dijo, Tienes cojones chaval, pero no más que cualquiera de la escoria con la que estás encerrado, ponte al fondo o vas a aprender lo que es la sonrisa del payaso.
Aunque por dentro temblaba supe mantener el tipo y me fui hacia una esquina en el lado opuesto y la escena que desde allí se contemplaba parecía extraída de una cinta de Buñuel. Borrachos que se urgaban el trasero, un hombre con una herida en la pierna que no paraba de rascarse y olerse el dedo repleto de sangre, un tipo con aspecto de loco que paseaba y se paraba delante de cada uno de nosotros, nos contemplaba fijamente un par de segundos y decía hijodeputa para empezar de nuevo su particular ruta.
Durante mi estancia en el calabozo varios tipos muy simpáticos se acercaron a mi para hacerme compañía. Me preguntaron por mis padres, me dieron frases de ánimo, me pedían ayuda para buscar cosas e incluso me ofrecieron comida: Dónde están tus padres guapo; No te preocupes chaval que yo también tuve una primera vez y mírame, aquí estoy. Eh, chaval, quieres meter la mano en este bolsillo a ver si encuentras el mechero. Niño, ¿quieres probar 9 palpitantes centímetros de chorizo de marmorejo?
Respondía a todo que no y aunque parecía gente amable y de buenas intenciones, había una barrera entre ellos y yo que no quería que sobrepasaran. Los treinta minutos que tardaron en llegar mis padres a la comisaría fueron como días enteros. En cuanto vi a mi madre asomar la cabeza por las rejas fui corriendo hacia ella y toda la rabia y miedo contenido brotó en forma de lágrimas en el momento que se abrió la puerta y pude abrazarla. Mi padre con cara de preocupación sólo me dijo una frase en el trayecto de vuelta y fue exactamente “Sabía que algún día iba a pasar esto, pero creía que aún faltaban unos años”.
Mientras andábamos los tres hacia el coche mi madre no paraba de mirarme con tristeza, pensando quizá que su niño ya se había hecho un hombre… Por suerte no había sido así… Montamos en el Ibiza y comenzamos a recorrer Madrid, de Norte a Sur, de Embajadores a Villaverde. El Paseo de Delicias, la plaza de Legazpi. Mi madre me dijo Tienes hambre, verdad y sacó de su bolso un bollycao… Y mientras tomaba mi merienda, con la frente apoyada en la gélida ventanilla del coche, a la altura del cine Liceo vi a un grupo de chicos corriendo. Estaban todos. No habían parado de correr desde que me abandonaron en Embajadores.
Y mientras seguíamos el trayecto hacia casa, mi madre me preguntó: ¿Has aprendido la lección? La miré a los ojos y no hizo falta respuesta. Joder si aprendí la lección. No volví a fumar hasta que cumplí 18.
Moraleja: la piratería está muy mal, pero lo que es realmente malo es que te pillen.
P.D.: Si no os ha emocionado el relato, que lo haga el dibujo de Roswell que le ha quedado soberbio.
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46 Comentarios to “Aventuras y desventuras de un periodista de ésto de los videojuegos 12: Mi primera vez”
Joder qué mal lo he pasado. Exquisito.
Gran historia, y me he divertido mucho leyéndola
Yo la verdad no sé muy bien cómo empezó por aquí el tema de la piratería, porque siempre he sido más de consolas. Aún así, cuando mi padre compró el 486 lo que hacíamos era compartirlo todo, en plan comunista.
De esta forma a mi me llegaban juegos del vecino, del hijo de un compañero del trabajo de mis padres, de algún amigo, algún familiar, etc. Y creo que todo el mundo hacía igual, así que creo que aquí nadie se beneficiaba, directamente, de la piratería.
Joder, es sublime.
Es el mejor aventuras y desventuras con diferencia.
Cita
Joder, es sublime.
Es el mejor aventuras y desventuras con diferencia.
Totalmente de acuerdo, impresionante.
akihabarablues
13 Marzo 2008![]()
Cojonudo el relato!!!! Cuando yo tenía unos 8 años, mis hermanos iban a Embajadores a comprar juegos piratas, será que los de Villaverde no aprendemos XDDD
Genial, como siempre. Estoy de acuerdo en lo de que es de los mejores que has hecho.
Que chungo lo del chorizo XD
Como cambian los tiempos ahora tienes que hacer algo muy gordo para que se te lleven
Creo que es lo mejor que he leido en un blog/web/revista/… de videojuegos en mi vida.
Si la vivencia es cierta, es de esas cosas que te marcan para toda la vida y forjan tu carácter.
De verdad que es un relato impresionante, felicidades!!
Xavi Sánchez
13 Marzo 2008![]()
casi lloro…
PD:…no, no lo has conseguido XD
La frase sobre el chorizo se me ha quedado grabada. Creo que tengo un problema.
PS Genial. Absolutamente genial, tanto el relato como la ilustración de Roswell. Me quitaría el sombrero, si lo tuviera
Enhorabuena por el relato. Yo también soy de Villaverde y también compraba juegos en el Rastro, pero en la época del Spectrum y el Amstrad. En la del PC directamente los mangábamos mis amigos y yo en el Cortinglés de Goya/Sol. En fin. ¿Del Alto o del Bajo?
Muy bueno el artículo, lo de “Tienes algún problema calvito” me ha partido de risa a la vez que asustado, pensando en la situación. Muy buena historia
Eso mismo pensábamos los del Alto sobre los del Bajo
Juajua… en la City a cuál, al Parque Muerto? Qué pasa, tú también fuiste al colegio de los curas?
Bah bah, mucho mito con los colegio de curas, en el colegio de curas villaverdino ni te sodomizaban ni te daban con la cruz en la cabeza… ;D
la Trave? yo soy de los tiempos del Talsi y el Plan
Puesss 32… La Travesía y la Iglesia sí me suena que era donde iba la gente más tarde, en mi época los sitios de moda eran el Tal Sitio y el Plan, y algo más tarde la City, o el Newcastle.
Jejej, a mí también me hace ilusión. La verdad es que el pertenecer a un sitio al que todo el mundo en Madrid considera ‘lo puto peor’, le da a uno un sentimiento de pertenencia y de camaradería que más quisieran tener los habitantes de, digamos, Las Rozas.
Es que siendo villaverdino no queda sino triunfar.
En cualquier caso, mucho mejor nos habría ido si continuara siendo un pueblo y unca nos hubieran hecho formar parte de la Capital…
En su día se me quedó el comentario a medias. Iba a comentar que yo también compraba ahí, a ese chaval, si es el mismo, con el tiempo hice amistad con él (vivía en Leganés, en La Fortuna) y la historia me ha traido muchos recuerdos.
Yo también vivo en Villaverde, mi mujer es de aquí (V. Bajo) y aunque me he criado en Vallekas he pasado media adolescencia entre villaverde y vallekas.
Me acuerdo perfectamente de la lista esa que comenta casidios, de la tensión por saber si le había dado tiempo a grabarnos los juegos que le habiamos pedido, y si los había grabado, si nos funcionarían.. ains.. eran tiempos del mismo vicio pero muchos menos recursos.
Si es el que yo digo, luego se empezó a poner en Pan Bendito (se ve que allí la poli iba menos, o directamente no tenían huevos a ir) llegué a ser amiguete suyo, un tío majísimo, que me vendía los juegos en su casa, y me pasaba horas probandolos allí.
De mi quinta és, de mi misma edad, pero no se parece a Kurt Cobain.. aunque no sé si su amigo se parecía. Éste era jevi auténtico, de los de melena hasta la cintura y que no se rinde (la llevó hasta que dejamos de vernos, hará un par de años)
Mmm… en la época de los 8086/286 en Villaverde Alto y la Ciudad de los Angeles más que piratas lo que había eran varios grupitos de chavales que ‘conseguían’ juegos originales. Los Space Ace/Dragon’s Lair/Dragon’s Lair 2 de Empire y tarjetas gráficas como la Thunderboard o la Soundblaster Pro. ¿Os suena esto a alguno??
errr… de sonido, perdón. O:)
Mi primer pc fue un 386, antes que eso amstrad cpc, amiga 500 (con ampliación a 1mb) y consolas varias, así que me perdí los juegos de pc de esa época (aunque algunos como el Larry los jugué después)
Ostia, en la época del Amstrad CPC yo sí compraba algunos en el Rastro: principalmente a un tipo con bigote que debía tener por aquel entonces unos 40 tacos, y a dos hermanos que vivían por Argüelles, que tenían Amiga 500 y pasaban los juegos de Amstrad usándolo, de discos de 5 1/4” a los de 3” que usaba el Amstrad. ¿Te suena alguno de estos?? Hablo de entre 1986 y 1989, aprox.
Sí, en la primera época del Spectrum (por 1985 o así) el Rastro estaba lleno de puestos de venta de juegos, yo recuerdo que llegó a haber sobre unos 10, llenos de portadas de las últimas novedades de juegos a tamaño A4 plastificadas. Poco antes de la época de las famosas 875 pesetas la Policía se puso en serio con ellos y desapareció todo eso. Por otro lado recuerdo una entrevista con Paco Suárez, quizá en la Microhobby, en la que creo recordar que llegó a decir que él había llegado a firmar, ‘autenticando’ copias de juegos piratas en el Rastro, que la piratería del Rastro no hacía daño, que era la de las grandes empresas… ¿?¿?
Joder, como que acabo de encontrar una transcripción de esa entrevista:
http://espectrum.speccy.org/historia/opera/pacosuar.php
¿que pasa, que solo yo compraba los juegos originales en aquella epoca?
Ahora quiero ver yo a todos los que defienden a capa y espada la compra de originales XD.
Cita
¿que pasa, que solo yo compraba los juegos originales en aquella epoca?
Ahora quiero ver yo a todos los que defienden a capa y espada la compra de originales XD.
yo no sabía ni que se podían piratear, con eso te lo digo todo XD
pero ya te digo que nunca he amortizado más la pasta que costaban los juegos que por aquel entonces. el tortugas ninja de amstrad le costó a mi madre 1200 pelas pero me lo pasé como 20 veces, por ejemplo.
akihabarablues
25 Marzo 2008![]()
Mmm… al principio valían entre las 2500 y las 3000 pelas. Así que juego pa tu cumpleaños/Reyes y a correr. En esa época todos piratas, pero cuando salieron cosas como ‘El Lingote’ y luego más tarde lo de las 875 pesetas ahí ya empecé a comprarme videojuegos pagados a plazos en el videoclub de la esquina… Con 9 o 10 años no se podía hacer más
Lo mejor, los packs múltiples con 5 o más juegos jejeje arffff
akihabarablues
25 Marzo 2008![]()
Yo llegué a los ordenadores justo cuando se implantaron las 875, y de mis amigos era el único que tenía todos mis juegos originales. Una vez, iba a casa de un amigo y un chico, amigo de éste con el que iba pero yo no le conocía, me dijo “Me ha grabado Oscar (nuestro amigo común) el Dragon Ninja, y se lo ha grabado del original, de un chico que por lo visto los tiene todos originales..” Yo puse cara de poker asintiendo con la cabeza. Oscar era un chaval con pelas, y aun así se copiaba un montón de juegos. Eso sí, tenía una impresionante colección de figuritas de star wars, y como sus padres estaban divorciados, casi siempre estaba sólo en casa, así que pasabamos allí un montón de tardes muchos crios, unos jugando al ordenador, otros con las figuritas, otros leyendo tebeos..
De todas formas en aquella época era más o menos fácil conseguir juegos; en cuanto conseguías un par de amiguetes, se cumplía lo de ’seis grados de separación’. Además, los juegos de disco casi ninguno estaba protegido (Bob Winner!!) y los de cinta a poco que tuvieras una doble pletina o te hubiera alguien enseñado a cargarte los ‘turbo’ y ‘convertirlos’ en ‘bloques’ puess…





























NOTA: si alguno sabe de lo que les hablo, del pirata del Rastro y eso, que lo comente que me haría mucha ilusión.
casidios

Citar13 Marzo 2008