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Como anuncié la semana pasada, una duda ha empezado a invadir mi conciencia. ¿Tienen los personajes de videojuegos vida más allá del entorno digital? ¿Qué hacen cuando no están salvando el mundo o rescatando princesas? ¿Sienten y padecen como nosotros? ¿Tienen mujeres, hijos, comen, beben, follan, cagan? ¿Se plantean su existencia? ¿Tienen dudas sobre qué son y cuál es su misión en la vida? ¿Sufren el paro, pagan hipotecas, odian a sus jefes?

A lo largo de una serie de capítulos intentaré dar rienda suelta a mi imaginación para intentar explicar esta inquietud. El primer número de Aventuras y Desventuras de un personajes de esto de los marcianitos se aleja bastante de lo que es el cachondeo que impera en la vida de Richard Farinela y Juan Constantino. Este primer número es, con diferencia, el relato más largo publicado en Akihabara Blues, así que si alguno se anima a leerlo y además llega hasta el final espero que no se sienta decepcionado. Sin más dilación, Un día cualquiera

Un día cualquiera

Mario se despertó con el primer rayo de sol que se filtró por la ventana y se posicionó incómodamente sobre su ojo izquierdo. Con los ojos entreabiertos contempló las motas de polvo levitando sobre la cama. Inequívoca señal de que debía ponerse en marcha.

Miró a su mujer dormida, su rubio pelo recogido en dos enormes rulos. El camisón rosa medio caído dejaba ver la mitad de de su espalda. Mario acercó la boca y besó su suave piel. Olía a melocotón. Su mujer siempre olía a melocotón.

Lentamente se incorporó y observó la cuna donde su hijo también dormía. Su pijama rojo, tan gracioso, de una sola pieza y con dos curiosos botones que tapaban el cuadrado que permitía acceder a los pañales sin tener que desnudarlo. Era hijo suyo, no podía negarlo. Tenían el mismo pelo oscuro, los mismos mofletes e incluso, a su corta edad, ya se vislumbraba una incipiente sombra en su labio superior. Sin embargo, Mario no recordaba su nacimiento. Tampoco recordaba el embarazo de su mujer, ni el anuncio de la buena nueva, ni la sala de espera del paritorio. Simplemente, una mañana se despertó y estaba allí, dormido en la cuna, a su lado.

Mario se dirigió al baño y comenzó el ritual de cada mañana; se lavó los dientes, se dio una ducha y procedió a afeitarse. Sin embargo, al mirarse al espejo sintió algo extraño. ¿Debía afeitarse el bigote? Nunca lo había probado. Tal vez se sintiera mejor. O tal vez no. ¿Cuánto tardaría en crecerle de nuevo? Mario pensó que merecía la pena intentarlo y embadurnó de espuma su tupido mostacho. Comenzó a afeitarse, lentamente, limpiando la cuchilla tras cada pasada. Cuando llegó al bigote volvió a fijarse en el espejo. Sí, al menos debía intentarlo.

Mario pasó la cuchilla por su labio superior y sintió dolor. Una sensación extraña. El frío acero seccionando la imagen que había llevado toda su vida. Aclaró la espuma y observó atónito que nada había cambiado. Su bigote seguía ahí, perfectamente perfilado, intacto en volumen y longitud. Si hubiera contado los pelos que tenía antes y después del fallido intento se habría dado cuenta de que eran los mismos, a pesar de la mancha negra que flotaba en la espumosa y turbia agua del lavabo. No quiso darle mayor importancia, si no puede ser ahora, será otro día, pensó. Abrió la puertecita del armario para guardar los enseres y cogió un frasco. Giró la tapa, sacó una pastilla y la miró. Roja. Nunca se había planteado lo que tomaba cada mañana. ¿Vitaminas, antidepresivos, laxantes? Recorrió con la vista la etiqueta buscando la receta. “Extracto de amanita muscaria cultivada en Isla Champiñón”. Qué más da, pensó. La introdujo en su boca y al instante se sintió mejor, aliviado. Más grande y fuerte. Casi como otra persona.

Abrió la puerta del armario y miró su ropa. Toda exactamente igual, pantalones azules con tirantes, camiseta roja con gorra a juego… Como un recuerdo del pasado el traje de astronauta estaba allí, intacto, dispuesto a ser utilizado en una fiesta de disfraces. Antes de recoger la cartera del recibidor, se asomó a la cocina a observar a su perro. Una vez oyó un dicho por la calle que le hizo sonreír. “Eres más raro que un perro azul”. Mario sonrió porque su perro era verde. Verde y con escamas.

Cuando bajó a la calle la limusina le esperaba, era así todas y cada una de las mañanas. Buenos Días, Señor Mario. ¿A dónde, Señor Mario? ¿Desea algo, Señor Mario? La misma retahíla de preguntas. A la oficina, por favor, respondió sin mucha prisa. Quiero ver al presidente.

En cuanto la limusina se puso en marcha, una jauría de pequeños admiradores se arremolinó a su alrededor. Mario abrió la ventanilla con paciencia y, sin perder la sonrisa, comenzó a firmar autógrafos. Los flashes a escasos centímetros de sus ojos lo cegaban, los llantos de los críos por tocarle se clavaban en sus oídos como estacas, los agarrones en su ropa le incomodaban. Pero Mario no perdía la compostura y mantuvo su sonrisa… Aún recordaba la mañana en que despertó y encontró en el periódico su cara a toda página acompañada del titular “¿Merece ser el ídolo de nuestros hijos?”. Desde esa mañana no volvió a decir no. No podía no sonreír. No podía permitírselo.

Finalizado el trámite el coche se puso en marcha. Era una mañana fría en Kyoto y los cristales de la limusina se empañaban. Le gustaban las mañanas frías. Apoyar la cabeza en el cristal y sentir como el frío se iba apoderando de su cara. Exhalar su aliento y dibujar estrellas sobre el vaho. El mundo se veía de otra forma a través del vapor. Incluso los gigantescos carteles con su cara dejaban de ser una amenaza. En esos momentos le gustaría encontrar una botella de whisky en el mueble bar, introducir un par de hielos en el vaso y saborearlo tranquilamente mientras vagaba por la ciudad. Pero no, no podía permitírselo. No otra vez.

El coche llegó a su destino, bajó de él y caminó hacia la oficina. Nuevamente el ritual. Buenos días, Señor Mario. ¿Qué tal ha dormido, Señor Mario? ¿Necesita alguna cosa, Señor Mario? Entró en el ascensor. A la última planta, por favor. Sí, Señor Mario; como desee, Señor Mario. Intentó repasar mentalmente lo que había venido a decirle al presidente. No pudo. El ascensorista lo miraba con curiosidad y, armándose de valor, se atrevió a hablar con él.

- Señor Mario, perdone que le moleste.

- No, no me molestas – respondió Mario sin perder la sonrisa

- Verá… es que… a mi hijo… le ha encantado. Cuando se lo regalé por su cumpleaños brilló en su carita la sonrisa de ilusión más bella que he visto en la vida – dijo emocionado el ascensorista

- Es un honor hacer feliz a tu hijo – Mario respondió como había hecho un millón de veces antes.

- Y bueno, quiero decirle, que yo también, yo también… lo he disfrutado – la admiración era dueña de su voz.

- Es un honor hacerte feliz a ti también – respondió Mario sin perder la sonrisa.

El ascensor llegó a la última planta. Mario salió de él contemplando de reojo la cara de felicidad del ascensorista. No sabía su nombre, a pesar de que lo veía a diario. Una persona con la que se cruzaba cada día y de la que lo único que sabía era que desde hacía unos meses su pelo se estaba volviendo blanco. Ni siquiera su nombre. Un simple y triste nombre.

Sin pausa, regalando una sonrisa a todo aquel con el que se cruzaba, Mario se dirigió al despacho del presidente. Su secretaria le sonrió. No te esperábamos hoy, dijo parpadeando como una estrella del cine. Mario suspiró y le respondió que tenía algo muy urgente que resolver, algo que no podía esperar. Pasa entonces, le dijo, hoy tiene un buen día.

Mario asomó su redonda cabeza por el despacho y vio al presidente sentado tras una enorme mesa.

- Pasa, Mario, pasa. A ti quería verte, mi hijo predilecto. Esta semana hemos ganado una fortuna gracias a ese bigote. ¿A qué venías? ¿Necesitas algo? ¿Pastillas rojas tal vez?

- La verdad es que no; venía a hablarte de otra cosa. Últimamente… no me siento muy bien… – dijo Mario con cierta pesadumbre en la voz.

- Eso son las pastillas. ¿Las tomas cada mañana? ¿Cuántas te quedan?

- No, no es eso. Simplemente es que creo que necesito algo distinto. Quiero algo más en mi vida – dijo Mario con la voz quebrada – . Siento como si no controlara el rumbo de mi vida, como si estuviera dando vueltas una y otra vez por los mismos sitios, cada vez más rápido y sin ningún control sobre mí mismo…

- Bueno – respondió el presidente – en cierta forma, eso es inevitable… no tienes todo el control…

- No lo entiende, ¿verdad? Quiero hacer otras cosas, quiero ver mundo. Estoy cansado de mi vida – sollozó Mario. Es una vida que no es mía. Es una vida que no me pertenece.

- ¿Y qué has pensado, Mario? – preguntó el presidente elevando su tono de voz. ¿Qué te gustaría hacer? ¿Practicar deportes? ¿Pescar? Dime lo que necesitas y sabes que lo tendrás. Estamos aquí para complacerte. Nada nos importa más que tu felicidad.

- Lo que quiero es cambiar de vida. Darle un nuevo rumbo, ver otros sitios, estar con otra gente…

- ¿Quieres cambiar? ¿Qué habías pensado?- el tono del presidente crecía en intensidad. Sus ojos se habían vuelto más pequeños e inflamados; comenzaban arder de indignación – ¿Estás insinuando que quieres trabajar en otra parte?

- Sí. Bueno… realmente no lo sé – respondió un Mario dubitativo.

- ¿Y quién te iba a querer más que nosotros? – replicó furioso el presidente.

- No lo sé. En Redmond hay alguien que me llamó interesándose por mi situación…

- Por favor, ¿irías a vivir a los Estados Unidos? – El presidente estaba totalmente furioso. Sus gritos retumbaban sobre los tejados de Kyoto.

- Pues a la oficina de enfrente. ¡A la competencia! – chilló Mario. Finalmente habían conseguido que se ofendiera. Lo que comenzó siendo una duda existencial se había transformado en una drástica decisión.

- Sabes que ellos no te quieren como nosotros. – el presidente intentó rebajar su tono ante la visión de la caja de Pandora que se acababa de abrir delante de sus ojos, sin esperarlo, en su propia oficina – Hemos hecho todo por ti. Hasta contratamos a tu hermano…

- ¡QUÉ LE JODAN A MI HERMANO! Eso es algo que ya no me importa. No soy feliz. – Una lágrima brotó y resbaló suavemente hasta quedar colgada en su poblado bigote -. ¿No lo entiendes? No lo entendéis, ¿verdad? No puedo, no quiero seguir viviendo así.

Hasta ese momento nadie había reparado en la angustia que durante más de veinte años había ido devorando la esencia vital del personaje. Veinte años. La mayoría de los seres humanos cambia de trabajo en el plazo de veinte años. La mayoría de los seres humanos cambia físicamente en el plazo de veinte años. Se arruga, engorda, encanece, enferma. Mario no. Estaba mejor. Más definido, más bello, con la piel más brillante y el pelo más negro. Pero Mario no era un ser humano. Pero eso no impedía que lo único que pasara por su cabeza en esos momentos fuera arrancarse la vida. Poco a poco, arrancó a hablar entre sollozos.

- Si no puedo tener lo que quiero… no necesito esta vida…

- ¿No lo entiendes? No puedes morir. – El miedo se adivinaba en la mirada del presidente. El temor a perderlo atenazaba su voz. Sin embargo, una extraña sensación de confianza comenzaba a invadirlo.

- ¿Y si salto por la ventana? – dijo Mario con firmeza.

- Volverías a aparecer automáticamente justo donde estás ahora, delante de mí. – Su voz se tranquilizó. No había nada que temer… o al menos eso creía.

Mario no lo pensó un instante. Corrió con todas sus fuerzas hacia la ventana y se arrojó al vacío. No es cierto que el cuerpo se desmaye cuando caes desde una gran altura para evitar el dolor. No si lo que deseas es caer desde muy alto.

- ¿Contento? – preguntó el presidente.

- ¿Estoy muerto? – Mario observó con sorpresa que estaba de pie, en el despacho, enfrente del presidente justo como antes de arrojarse por la ventana.

- Ya te dije que era imposible. La única forma de que mueras es que yo decida matarte. Y aún así, seguirías vivo en el corazón de la gente. Durante muchos años. Tal vez por siempre. – La confianza se había apoderado de la voz del presidente.

Sin embargo Mario no creyó sus palabras y volvió a correr hacia el vacío, como empujado por un resorte constantemente pulsado. La inercia le hizo volver a recorrer el camino hacia el suelo. Mantuvo los ojos bien abiertos y justo una décima de segundo antes de chocar contra el asfalto vio la cara del Presidente, que lo miraba negando con la cabeza.

- Da igual las veces que lo intentes. No va a suceder. Para ti, morir es imposible.

- NO LO ENTIENDO, NO LO ENTIENDO – gritó Mario.

- Es muy sencillo de entender. Tú no naciste. Fuiste creado. Por mí. Tienes un padre, pero no una madre. No saliste de un útero, sino de mi pincel. ¿No te has dado cuenta de que no envejeces? ¿De que no enfermas? Siempre has tenido, siempre tendrás la misma edad. Siempre has medido lo mismo, no has engordado. El paso del tiempo no te afecta.

- ¡MIENTES! – gritó Mario

- No existe fuego que pueda quemarte ni huracán que rompa tus huesos – continuó el presidente. No hay un agujero bastante hondo para evitar que salgas, ni una nube tan alta de la que no puedas bajar. No existe piedra que te aplaste ni veneno que te destruya. Tantas veces caigas, tantas levantarás. Tantas veces mueras, tantas resucitarás. Tu imperecibilidad es el sueño de cualquier humano. Aunque tú, técnicamente, no eres un ser humano…

- Pero yo… pero yo… yo no quiero ser testigo de la muerte de los míos.- Mario lloraba desahuciado, enjugándose las lágrimas que emborronaban su visión.

- Y no lo harán. Ellos tampoco envejecen. También nacieron de mi pincel. Esa es tu gloria – dijo el presidente de manera convincente – aunque también tu castigo. No existes, eres. Y así será siempre.

Mario se acurrucó en el suelo envuelto en dolor. Henchido por su dialéctica victoria, el presidente pulsó un botón de su mesa y dos fornidos hombres ataviados con blancas batas entraron en el despacho. ¿Otra vez?, preguntaron. Otra vez, dijo el presidente. ¿La dosis habitual? No. Un poquito más.

Mientras uno de los hombres sujetaba al invencible Mario que se encogía en el suelo, el otro preparaba una jeringuilla. Si Mario hubiera podido observar el prospecto y leer los ingredientes habría visto que se trataba de extracto de psilocibes cubensis cultivadas en Isla Estrella. Uno de los hombres remangó su camiseta roja y aplicó la inyección. Segundos después Mario se sintió mejor. Mucho mejor. Y mientras el bienestar se apoderaba de sus extremidades, entró en un plácido y relajante sueño…

Mario despertó, abrió los ojos y contempló el techo que cubría su cama. ¿Quién soy? ¿Dónde estoy? Ah si, ahora recuerdo. La habitación olía a melocotón…


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Comentar: ( 9)

9 Comentarios en “Aventuras y desventuras de un PERSONAJE de esto de los marcianitos. #1. Un día cualquiera”

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Qué grande…

¿Que le pasa al pringao de Mario? Es inmortal, tiene un suministro ilimitado y gratuito de “medicinas” y además su mujer huele a melocotón, ¿por qué narices no es feliz? Yo lo sería.
P.D. Se te va la pinza

Genial, casidios, es como para enmarcarlo.

Felicidades

OMG!

Increible, además no has caido en la ctre-parodia sino que te has currado un dramón al estilo “show de truman”.
jaja, muy bueno, en serio!

Cuando empezé tenía pensado poner “Se te va la pinza mucho casidios!”, pero…pero…dios, que grande eres joder xD

Me ha encantado, y TIENES que hacer muchos mas, por que son muy buenos.

Enhorabuena y Bye-nee

muy muy bueno, mucho.

[quote comment="143124"]¿Que le pasa al pringao de Mario? Es inmortal, tiene un suministro ilimitado y gratuito de “medicinas” y además su mujer huele a melocotón, ¿por qué narices no es feliz? Yo lo sería.
P.D. Se te va la pinza[/quote]

Totalmente de acuerdo!…XDDDDD

Pese a todo y como ya te he dicho alguna vez…Toño,eres un puto crack!!!.^^

Bueno, me alegro que alguien lo haya leído. Los otros 110 se habrán quedado a medias XDDDD (tal vez así comprendáis por qué no hacemos más cosas de este tipo: no las lee ni el Tato)

Viva la madre que te parió.


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