Hay declaraciones que no sorprenden y, sin embargo, duelen. Las de Shuhei Yoshida sobre su destitución como presidente de PlayStation Worldwide Studios son de ese tipo.
No porque sean un escándalo nuevo, sino porque confirman lo que muchos ya sospechábamos: que Jim Ryan se cargó a uno de los arquitectos más importantes del gaming moderno simplemente porque no le obedecía. Un… aquí mandan mis cojones toreros, aunque no tengas ni idea de videojuegos.
Dejemos que los hechos hablen. Bajo el mandato de Yoshida, Santa Monica resucitó con un God of War que reinventó el género. Naughty Dog nos dio Uncharted y después The Last of Us, dos de las franquicias más influyentes de la historia reciente. Sucker Punch se trabajó Ghost of Tsushima, una carta de amor al cine de samuráis que todavía hoy sigue siendo uno de los juegos más bellos que ha parido esta industria. No es un currículum. Es un legado.
Y aún así, en 2019, Jim Ryan dijo que no. Que había que hacer «cosas ridículas», según las propias palabras de Yoshida, y que cuando este se negó, la respuesta fue la puerta. Sin ceremonia, sin debate. La lógica del ejecutivo que confunde el liderazgo con la obediencia ciega.
Aquí es donde conviene pararse a pensar. Sony PlayStation vivió su época dorada en gran parte gracias a una cultura creativa que priorizaba la visión artística sobre la métrica trimestral y las ventas. Yoshida era parte fundamental de esa cultura. Era el tipo que daba cobertura a los estudios, que les dejaba hacer, que confiaba en equipos cuando la industria apostaba por lo seguro. Los resultados están ahí: una generación de PS4 que es probablemente la más redonda en términos de juegos first party que ha tenido PlayStation en toda su historia.
¿Qué pasó después del despido? Ryan siguió al frente hasta 2023, con una gestión que dejó un sabor agridulce: buenos números de ventas, sí, pero también una deriva hacia los juegos como servicio que no acabó de cuajar, una política de precios agresiva que alienó a muchos jugadores, y la sensación creciente de que PlayStation se estaba convirtiendo en una empresa más preocupada por los ingresos recurrentes que por el tipo de juegos que hacen que la gente siga hablando de una consola décadas después.
Lo de Yoshida no es solo la historia de un despido injusto. Es un síntoma. El síntoma de una industria que cada vez tiene más difícil proteger a las personas que saben hacer grandes juegos frente a las personas que saben hacer grandes presentaciones ante inversores. Son dos habilidades muy distintas, y durante demasiado tiempo se ha premiado la segunda a costa de la primera. Por eso nos encontramos últimamente tantos juegos sin alma…
Y lo más triste es que esto no es exclusivo de Sony. Es una tendencia. Los estudios se compran como el que compra pipas en el kiosco, los directivos creativos se sustituyen por gestores, los proyectos ambiciosos se recortan o se cancelan porque el Excel o el Project no cuadran. De eso Microsoft sabe un rato. Mientras tanto, los jugadores siguen esperando ese próximo juego que les parta el corazón como lo hizo The Last of Us o les robe cien horas como lo hizo Ghost of Tsushima.
Yoshida dijo que no a lo ridículo. Que alguien tome nota.




