La próxima llegada de Tattoo Shop Simulator a Steam no es solo el anuncio de un nuevo título de gestión. Es, también, la constatación de que el tatuaje —esa práctica milenaria que durante décadas ocupó los márgenes— se ha convertido en un dispositivo cultural lo bastante central como para ser simulado.
El juego propone una premisa clara: dirigir un estudio de tatuajes desde sus inicios hasta convertirlo en una marca reconocible en una ciudad abierta y dinámica. El jugador gestiona clientes exigentes, organiza encargos, administra tiempos, invierte en equipamiento y desbloquea habilidades. Hay progresión técnica y económica, pero también una dimensión estética: cada mejora del estudio construye identidad. El espacio habla antes que la aguja.
La lógica es la de la simulación empresarial —optimización de recursos, reputación, expansión— pero aplicada a un territorio que no es una panadería ni una granja, sino la piel humana. Y ahí, en esa tensión, aparece algo más que un simple tycoon creativo.
El tatuaje: de estigma a capital simbólico
En Occidente, el tatuaje ha atravesado una transformación radical en menos de un siglo. De marca asociada a marineros, soldados o entornos carcelarios pasó a convertirse en ornamento transversal. Hoy habita despachos, aulas universitarias, sets de televisión. Es visible, celebrable, fotografiable.
La antropología y la historia cultural han estudiado este desplazamiento. En Written on the Body: The Tattoo in European and American History (2000), Jane Caplan analiza cómo el cuerpo tatuado ha funcionado como espacio de control, identidad y resistencia. Margo DeMello, en Bodies of Inscription: A Cultural History of the Modern Tattoo Community (2000) e Inked: Tattoos and Body Art around the World (2014), traza la genealogía social del tatuaje contemporáneo y su paso del estigma al mainstream. Más recientemente, Matt Lodder, en Painted People (2022), reconstruye la historia moderna del tatuaje en Europa y Estados Unidos como fenómeno artístico y político.
Matt Lodder (Matthew C. Lodder) es profesor titular británico de historia y teoría del arte, director de estudios estadounidenses y experto en tatuaje en la Universidad de Essex.
Estas investigaciones coinciden en algo: el tatuaje no es solo decoración. Es una práctica de inscripción identitaria. Funciona como relato condensado, como archivo personal, como gesto de pertenencia o de ruptura.
¿Por qué fascina? Tal vez porque condensa una paradoja contemporánea: es permanente en una cultura de lo efímero. En un ecosistema digital donde todo se actualiza, se edita o se elimina, el tatuaje es un compromiso sin botón de deshacer. Su permanencia produce vértigo y, al mismo tiempo, prestigio. Inscribirse algo en la piel es declarar que ese símbolo —ese recuerdo, esa consigna, ese deseo— merece durar.
Al mismo tiempo, la promesa de singularidad convive con la estandarización global. Las redes sociales convierten estilos y motivos en tendencias replicables. El tatuaje oscila entre la declaración íntima y la repetición viral.
¿Por qué un videojuego sobre tatuajes?
La respuesta superficial es evidente: porque existe un mercado interesado. Pero eso no explica por qué el tatuaje, y no otra práctica, se vuelve objeto de simulación.
La clave está en el propio concepto de simulación. Los videojuegos de gestión traducen sistemas complejos en modelos operables: agricultura, hospitales, ciudades, prisiones. Simular es abstraer reglas, cuantificar variables, convertir lo cualitativo en mecánica jugable.
El tatuaje contemporáneo es, precisamente, un cruce de sistemas:
- Economía (negocio, reputación, marca),
- Estética (estilo, diseño, tendencias),
- Biografía (historias personales),
- Cuerpo (soporte material irrepetible).
Tattoo Shop Simulator transforma esa red simbólica en un sistema administrable. La piel, que en la vida real es irreductible y cargada de afecto, se convierte en variable de flujo de trabajo. El relato íntimo se traduce en encargo. La identidad, en pedido personalizado. La creatividad, en skill tree.
Ahí reside su potencia cultural: en la distancia entre lo irreversible del tatuaje y la reversibilidad del videojuego. En el juego, cada decisión puede optimizarse. En la piel, no. La simulación permite ensayar la fantasía de controlar un proceso que, en la vida real, siempre excede al artista y al cliente.
Hay algo profundamente contemporáneo en eso: queremos experimentar la intensidad de lo permanente dentro de un entorno seguro y reiniciable. El videojuego ofrece esa cápsula.
Gestionar historias ajenas
Al final, dirigir un estudio de tatuajes —real o virtual— implica algo más que administrar recursos. Supone gestionar historias ajenas que desean volverse visibles. Cada cliente llega con una narrativa que busca fijarse en el cuerpo.
El videojuego abstrae esa dimensión, pero no la elimina. La convierte en mecánica, en misión, en progresión. Y, al hacerlo, revela algo sobre nuestra cultura: que incluso los gestos más íntimos pueden convertirse en sistema; que la identidad puede modelarse como interfaz; que la piel, último territorio privado, también puede pensarse como escenario de diseño.
En ese sentido, Tattoo Shop Simulator no es solo un simulador empresarial. Es un síntoma. Una ficción interactiva que traduce en reglas la pregunta que atraviesa nuestra época: qué significa escribirnos —y administrarnos— a nosotros mismos.
Almudena Anés (LinkedIn) es diseñadora narrativa y está especializada en literatura, arte y tecnología. Trabaja desde la escritura para indagar la fragmentación y el simulacro.

