Tchia, un paraíso salido de la nada

No tengo muy claro como comenzar este análisis, como tampoco tuve claro que iba a encontrarme al empezar a jugar a Tchia. En un principio pensaba que me encontraba ante otro videojuego que mostraba otro lugar del mundo que no concíamos.

Otra cultura mostrada a través de gráficos simples y una banda sonora compuesta por canciones sin casar narrativo que, pese a hacer su trabajo de documentación, no crean un producto atractivo, y sobre todo, memorable. Tchia es un paso más hacia lo que otros estudios con fuertes raíces geográficas y cuya geografía y cultura quieren mostrar, deben fijarse.

Un paraíso pacífico

Awaceb nos presenta su visión de Nueva Caledonia, un conjunto de islas (como muchos otros la zona) ubicado en Oceanía, al noreste de Australia. Una visión consensuada a conciencia con las gentes de allí dónde éstas han participado de manera activa en el desarrollo no sólo cómo guías de la zona (algo que suele ocurrir en este tipo de desarrollos), sino como consejeros, diseñadores narrativos y actores de doblaje.

El idioma hablado en este conjunto de islas que nos atañe es el drehu (tradicional) y el francés (oficial), y en el que veremos como sus usuarios pueden coincidir a la hora de hablarlo con lo que nos pensamos en su gran mayoría. A esto me refiero con que Nueva Caledonia es parte de lo llamado Colectividad Francesa de Ultramar o, mejor dicho, una colonia.

Este enfrentamiento entre lo oficial y lo tradicional lo veremos a lo largo del juego no tanto en cuanto a como que la propia historia lo trate, sino en la separación en las aldeas, con la aldea tradicional, con casas redondas canacas, gente de color hablantes del drehu y, por contraparte, las aldeas en su mayoría de franceses blancos, con la lengua franca como comunicación oral y casas más modernas, cuadradas y hechas de ladrillo.

En la ciudad es lo que más desentona, pues tenemos un conjunto de edificios altos, de hormigón y peinados por antenas que dan cobertura a esta urbe. Esta mancha gris desentona en el puro verde y azul que cubre el mapa y nos da una sensación de desentone, e incluso inquietud de algo que no debería estar allí.

Lo que menos desentona son los marrones puertos, pueblos, e ídolos que pueblan la isla, siendo éstos últimos un coleccionable a conseguir para desbloquear cosméticos (de esto hablaremos más adelante).

¿O no tan pacífico?

En Tchia, comenzaremos con uno de las tradiciones más antiguas de la humanidad. Una anciana, rodeada de varios niños y niñas al rededor de una hoguera, comienza a contar, a la luz de la luna, la historia de Tchia.

La historia de Tchia que nos muestra a una niña que vive apaciblemente junto con su padre y un señor hippie que les trae algunos suministros y ya, desde el primer momento, tenemos claro que tipo de juego vamos a tratar.

Las primeras cinemáticas nos muestran un cuidado y cariño en como mostrar a sus personajes, cercanos y con una emoción que, en un principio no encuentras tan fácilmente en unos modelos sencillos y unas texturas simples. Iluminación, composición, planos, transiciones… todo fomenta un sentimiento de ver una película de Disney dónde vamos a vivir una aventura.

En estos primeros compases, vemos como, después de que el padre es secuestrado por Pia Dwa, el secuaz del malvado Maevora, Tchia parece tener un extraño poder que la permite introducir su alma en distintos objetos y animales, dando comienzo a la búsqueda de su padre, a la lucha contra el malvado ser y encontrar la amistad mediante la constante aparición de mitos y leyendas que cobran vida a través de esta niña y que llegan a alguna que otra escena muy turbia y desconcertante que hace plantearte el «modo familia» que hay en el menú de opciones (en serio, ponedlo si váis a jugar con vuestros peques y no queréis traumatizarlos).

En conjunto y mientras vamos descubriendo aventuras y lugares, en distintos puesto y en cada hoguera tendremos varios plátos típicos de Nueva Caledonia que, aparte de tener una pinta estupenda y darnos una pizca de su cultura gastronómica, también he tenido que apuntar en la libreta para buscar las recetas.

Pero no sólo nos deleitaremos el estómago, también los oídos.

A lo largo del juego, en algunas cinemáticas, tendremos la oportunidad de tocar distintos instrumentos típicos de Nueva Caledonia que nos pondrán como protagonista en la interpretación de estos temas, teniendo cada instrumento su propia mecánica y, en caso de querer ver la cinématica e imbuirte del sentimiento de la misma, podremos activar un modo automático que sin penalizaciones nos dejará ver cada tema. Y es que la música de este juego es un tema (jeje).

Un paraíso de mar y aire

Esta variedad de mecánicas armónicas se expanden con el ukelele con el que podremos tocar distintas notas para lanzar distintos hechizos como cambiar la hora del día, invocar la lluvia, objetos, etc… También podremos tocar a nuestro propio ritmo (jeje) con un conjunto de acordes que rasgar hacia arriba, hacia abajo, punteados e incluso cambiar el tono. Muy completo.

Y no se queda solo en lo musical. Tchia rebosa de cosas que hacer de varias maneras, sobre todo con su mecánica principal (y de la cual hablamos antes): la posesión.

La posesión de objetos y animales nos permite adquirir las habilidades de lo que poseas. Si escoges un animal, pues podrás volar con un pájaro, o esprintar con un ciervo, etc. Si escoges un objeto, pues… estás. Te puedes mover y lanzar el objeto hacia dónde quieras (con una fuerza excepcional, hay que decir) creando un combate a base de poseer y golpear, pudiendo pasar de uno a otro objeto de manera fluida o incluso, lanzando el objeto, poseyéndolo de nuevo, y lanzarlo y repetir ad nauseam para viajar más rápido por las islas.

Esto es importante. Buscar varias formas de moverte por el mapa es básico para llegar de un lugar a otro. No vale únicamente con andar. Andar es la forma más lenta seguramente (creo) por decisión de los diseñadores. Para forzarte a busca animales que poseer, objetos que lanzar o, que no lo hemos contado, árboles en los que te puedas balancear y usar como tirachinas e, inlcuso, planear con la mantuca que te regala tu padre en un principio.

La otra forma importante de moverte, en esta ocasión por masas oceánicas, es la balsa, que con un par de acciones como bajar/levantar anclas, subir/bajar velas y usar timón, tienes una experiencia semi-simulacionista mientras navegas un mar con unos visuales que ya quisiera GTA.

Y aún hay más. Todo esto que os he contado, el ukelele, la balsa, la paravela para planear, y la propia Tchia, son personalizables con cosméticos que vas recolectando de las distintas cajas y tiendas que encuentras por las islas. Tiendas, no en un sentido estricto, sino que necesitarás varios objetos coleccionables para conseguirlas.

Algo que lleva a otra tradición, la “coutune” un regalo que se hace a la gente que conoces por primera vez y con la que muestras respeto mediante la entrega de distintos objetos. Sobra decir que esto nos llevará a una recolección en distintas zonas de las islas que, aparte del tedio que puedan suponer, da un toque más de esta cultura isleña.

Conclusiones

En definitiva, Tchia es un juego dónde el mimo y el buen saber ha demostrado que el equipo de Awaceb (aparte de uno de mis logos favoritos de la industria) tiene algo que compartir y superan las simplezas artísticas de modelos y texturas que puedan recordar a otros predecesores, creando algo que se ve completo y complejo, que se ve fresco.

Siempre abogo por la densidad en un mundo abierto, y la aventura de esta pequeña y sobrenatural niña nos muestra una cultura a través de su día a día y de mil puntos de vista (desde el aire, bajo el mar, desde los franceses “sureños” hasta la propia Tchia) confeccionando una obra digna de estar en cualquier museo que quiera dar a conocer esta zona y sus gentes.

Sueño con el día de que haya otro Tchia, en otro lugar del mundo. [85]

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