Concurso No Oficial de Relatos Cortos sobre GTA: Because things will not be different

Relato participante

Autor:
D. F. Bueno

Esta vez era distinto. No era por otros. No pertenecía a ningún bando, a ninguna milicia, a ningún ejército. Nadie me había contratado, no tenía refuerzos y, por supuesto, no esperaba que nadie viniera a sacarme de allí. La verdad es que sí; era distinto, pero era igual que otras veces. Una silla igual de fría e incómoda; una cuerda rodeando mi cuerpo y apretándome contra la silla; la sangre chorreándome desde la cara y ensuciándome la ropa; dos matones golpeándome y haciéndome todo tipo de preguntas, a las que yo no respondería; por supuesto (había recibido entrenamiento para no hacerlo en ningún caso). Sí, era igual que otras veces. La nariz probablemente rota (no lo sabía, ya que hacía rato que había dejado de sentirla), un par de piezas dentales que se movían, los labios reventados…. como otras veces. Bueno, como otras veces no. Había dos claras diferencias con las otras veces que me habían torturado.

El porqué era la mayor diferencia. No estaba en mi país ni en ningún otro país en guerra. Los que me golpeaban no eran de ningún ejército. Era su trabajo. Posiblemente vivían en una buena casa, con familia, un buen coche. Gente normal. Sin uniforme, ni bandera a la que seguir… Sólo estaban haciendo su vida. Y, entonces, suena el teléfono:

Escuchad chicos, esto ha ido demasiado lejos. El puto yugoslavo este se está entrometiendo demasiado. Ha llegado demasiado lejos y hay que pararle los pies. Dadle un repaso y, ya que os ponéis, averiguad cuánto sabe de nosotros y si se lo ha dicho a algún amigo que aún no conozcamos. Cuando os aburráis, espero que después de haber averiguado lo que os he dicho, atadle a una buena piedra y echadlo al río.

Sí. Seguro que había ido más o menos así. Qué ironía. Y pensar que estaba metido en esto simplemente porque quería abandonar mi vida como mercenario y guerrillero a sueldo. Me había cansado de ver morir a otros. A veces era yo mismo el que los mataba y otras veces eran amigos que veía morir a mi lado. Me cansé. Decidí irme de mi país. Un país en guerra desde que no era más que un crío, pero a fin de cuentas mi país, mi hogar. Quería huir de la guerra, de la muerte y del dolor de mi tierra y ahora me encontraba en un país lejano, extranjero, supuestamente un país libre. Pero no era así. También era un país en guerra. Una guerra distinta, se libraba en las calles, en los colegios, y no en el campo de batalla. Era una guerra por poder y ahí en medio estaba yo.

Cuando llegué a Nueva York, creí que había huido de todo aquello. Qué iluso. No tardé en darme cuenta de que no duraría mucho la paz a la que casi me había acostumbrado. Mi primo, aunque un simple taxista de NY, vivía bastante bien; incluso demasiado bien para su trabajo. Me había conseguido trabajo en su misma compañía de taxis y un pequeño apartamento en uno de los suburbios de la ciudad. Vivía bien, aunque no había rastro de los coches lujosos y las hermosas mujeres de las que tanto hablaba mi primo en las cartas que me enviaba. Hacía tres comidas al día, dormía ocho horas seguidas (a veces incluso más); si me apetecía fumar, simplemente sacaba la cajetilla del bolsillo y encendía un cigarrillo. Era poco, pero era más de lo que había tenido nunca.

Y ahora esto. Mi primo muerto de un tiro en la cabeza y yo era el principal sospechoso. Debía descubrir quién lo había hecho o iría a la cárcel, y eso sí sería malo. Empecé a investigar y descubrí la razón por la que mi primo vivía mejor de lo que podía permitirse. Su taxi era una buena tapadera para llevar mercancía a través de la ciudad sin levantar demasiado la atención. ¿Quién iba a sospechar de uno de esos cacharros amarillos en una ciudad en la que había varios cientos de miles iguales? Por supuesto, los encargos no eran muy legales, y se pagaban bien. Yo había rechazado varias propuestas de mi primo para hacer alguno de esos viajecitos. Al fin y al cabo ésa era la vida que había dejado atrás. Hacer cosas poco respetables para otros por dinero. No quería volver a hacerlo. Me lo había prometido a sí mismo.

Al parecer mi primo había perdido un “paquete” demasiado importante. Su dueño no se puso muy contento y ordenó que le metieran un par de balas en la cabeza. Por supuesto, mi primo tuvo que esconderse. Se quedó solo en mi apartamento mientras yo recorría la ciudad con el taxi. Los hombres que ahora me golpeaban encontraron a mi primo enseguida. Eran civiles, pero eran buenos en lo que hacían. Cuando regresé a mi apartamento, enseguida supe lo que había sucedido. Los coches patrulla, los policías subiendo y bajando por las escaleras del edificio donde vivía, la cinta amarilla. Mi primo estaba muerto y me buscaban como principal sospechoso del crimen.

Un golpe. Tenía la cara magullada como tantas otras veces. No paraban de preguntarme cuánto sabía y que si se lo había contado a alguien. Le decían una y otra vez que si hablaba viviría, pero él sabía que no era cierto.

Otro golpe. Esa era la principal diferencia. No recibía la tortura para sacarme información de mi bando, sino, precisamente, porque había querido dejar atrás todo aquello que había llegado a odiar. Ésa era la diferencia más importante, pero no la mejor. La segunda diferencia era la que me salvaría la vida. Otras veces, cuando me habían atado para torturarme lo habían hecho hábilmente, los brazos y las piernas unidos con una misma cuerda que después quedaba fuertemente atada a la silla. Pero esta vez no. Por suerte para mí no tenían ni idea de mi pasado. Esta vez la cuerda simplemente me ataba a la silla, nada más. Ni siquiera les dio tiempo a saber que iban a morir. Con un rápido movimiento de piernas y cintura, y gracias a todo el entrenamiento que había recibido, di un pequeño salto y me dejé caer hacía atrás. La silla quedó hecha astillas y yo, libre. Crack, un cuello roto, una mano que se desliza por dentro de la chaqueta, fuera el seguro y un solo tiro en el entrecejo. Nada más. Ni siquiera rompí mi promesa, ya que esto no era por otros y no había dinero en juego.

Ahora me quedaba sólo una cosa por hacer. Aquél que le había hecho un encargo a mi primo, para después matarlo. Aquél que había ordenado que me dieran una lección por hacer demasiadas preguntas. Debía morir. Sabía que cuando lo hiciera no me podría quedar en este país. Sería un asesino, y matar a un concejal no estaba muy bien visto en un país libre como éste. Pero Niko Bellic no era un hombre que se amedrentara fácilmente. Lo haría. Luego ya pensaría algo. Tal vez acabaría rompiendo mi promesa. Al fin y al cabo, era lo único que sabía hacer. Because things will not be different.

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