Vamos a contar mentiras

Lo primero que uno escucha al entrar en cierto círculo literario, tiene que ver con una historia fidedigna: el autor de un cuento corto al que acaba de ponerle punto final abre un sobre grande para enviarlo a un concurso de relatos. Con las prisas, las páginas saltan de las grapas y vuelan todas por la alfombra.

El hombre, arrodillado, las recoge como puede y, tras forcejar, consigue meterlas de nuevo en el sobre. Un mes después, alguien del concurso le llama. Su relato es de una calidad exquisita. De una originalidad sin parangón. De un final inesperado. El autor, nervioso, temblequea. ¿He ganado? ¡Claro que ha ganado, señor! Ahora solo falta que venga usted a leérselo al público. El hombre se viste, se peina las entradas, y tras recibir la enhorabuena de todo el jurado, se acerca al micrófono con su relato ganador impreso en el tomo oficial del concurso. Coge aire. Expira. Cierra un poco los párpados y trata de leer mentalmente la primera frase para encontrar la entonación. ¿Qué es eso? Perplejo, observa el resto del párrafo. Después pasa una página. Otra más. Otra. ¿Ocurre algo? El hombre balbucea. Sí… verán… esto… la verdad es que esto… está todo desordenado, ¿saben? las páginas están mal ordenadas. Una mujer del jurado se incorpora, le quita el libro de las manos, lo ojea por encima y estupefacta, le responde: perdone, pero esto está justo como usted lo envió.

Conectando fragmentos desligados

¿Pero qué mierda de historia es esa? podrás pensar. ¿Qué quieren que hagamos entonces, revolcarnos en nuestras historias después de escribirlas y juntar los pedazos así, a lo que salga? ¿Ese es el secreto del éxito? Desconozco cuántas historias habrán mejorado siguiendo ese mejunje -es de suponer que además de aquel relato, algún guión de David Lynch, Being for the Benefit of Mr Kite! de los Beatles y poco, muy poco más- pero la anécdota siempre me fascinó por el chiste que en verdad encierra: cualquier cosa que electrocute nuestro cerebro, que le haga tropezar, adquiere de pronto una importancia ridícula en algún lugar de nuestro intelecto. Y al no entender un carajo, es cuando el puzzle se enciende: algo no cuadra, así que más vale que me ponga manos a la obra.

Su historia. Nuestra versión

Her Story y Telling lies. O Telling Stories y Her lies. Ni siquiera Sam Barlow -creador de ambos juegos- recordaría el orden de sus propios títulos. Porque hay que haber pasado por muchos lugares narrativos -con sus idas, sus venidas y sus giros de financiación- para terminar ofreciéndole al jugador tal nube inconexa de secuencias de video diseminadas en pedacitos que van de unos segundos de duración, a unos larguísimos cuatro minutos y pico.

Her Story es una mujer huesuda, de pelo lacio, educación altiva, muy dada a contar historias. Introspectiva desde un solo punto de vista. Minimalista a la fuerza: su marido ha desaparecido y ella es -cuanto menos- la sospechosa. Delirante porque lo único que verás en mucho tiempo será el plano fijo de ella encerrada en una habitación y comportándose -a priori- de manera aleatoria. Y a cada click de tu ratón sobre cualquier vídeo, la mujer se pondrá a largar de algo que solo ella sabe. A veces llora. A veces calla. A veces pone cara de saber que tú la estás mirando y entonces te devuelve un gesto divertido, o apagado, o de desdén. Otras, ante una pregunta que no escuchas, desconcierta con un movimiento ¿improvisado? de sus manos. La empatía dura lo que dura ese pedacito de vídeo y luego se pierde en el siguiente para empezar de nuevo dos más adelante. O dos detrás. Es el azar al servicio de tu duda y de tu acierto. La animadversión más random en formato gaming. Da lo mismo cómo se concatenen, porque el que pone el orden es el jugador y aquí no hay nadie que juegue de la misma forma. Her Story será la historia de ella que tú quieres que tenga.

Narrativa en el caos

Sam Barlow -a saber qué secuelas le dejaron un par de Silent Hills a su cargo- quiere que saques tus propias conclusiones. ¿Lo hizo o no lo hizo? te preguntas constantemente. Pero esto es un juego, y, por tanto, igual que el jurado que os contaba más arriba le entregó el premio a algo que no terminaban de entender, imagina ahora que te ponen MacBeth entre las rodillas pero con las hojas arrancadas, una a una revueltas todas, con el número de páginas borradas, un boli, una libreta y todo el tiempo del mundo por delante para descubrir si esta mujer de las mil caras -o páginas- es una asesina, un cómplice, una víctima o aquella mala suerte que dice «señor agente, yo es que solo pasaba por ahí». Veréis que Barlow cita a Shakespeare siempre que puede, incluso Travis Grady lo ha escuchado sin saberlo en medio de las pesadillas más ardientes de Silent Hill. Aquí, en Her Story, Barlow tira a Shakespeare por los aires y al caer lo mezcla con otros pedazos de Hichtcock -su otro fetiche- sentando a ambos en un cuarto de sospechosos mientras charlan de sus dramas y asesinatos.

¿Por qué los niños se pasan su infancia disparándole a todo con una puñetera pistola imaginaria? Porque hay algo de fascinante en saberse parte de la ley. Seguro que le dijiste a tus padres más de una vez que tú, de mayor, querías ser policía. El problema de Her Story es que no hay pistolas. Ni persecuciones. Ni malos malísimos. Ni muchos sospechosos. Solo hay trocitos de realidad: cintas de video y una mujer sentada, nerviosa, tranquila, actuando de verdad o actuando a actuar. Observar a esa mujer-puzzle diseminada a través de cientos de diminutos relatos me hizo sentirme, por primera vez, como un profesional de esos cuerpos y fuerzas del estado que dicen los políticos. Uno de verdad. El funcionario. Menos Clint Eastwood y más Germán Areta. Metódico científicamente y psicológicamente paciente. Resignado a las horas extras frente a una mesa con dos cajones y una máquina de escribir. El que dice: «No me vengas con hostias y terminemos rápido, Guillermo, que quiero volver a casa a darle las buenas noches a mi mujer». Al final, resolver Her Story supone un drama menos al irme a dormir.

Jueces y verdugos ante el desconocimiento

Hitchcock le diría a Barlow que «El Hombre que NO sabía demasiado» tiene que emitir un veredicto. ¿Qué coño hacemos con esa mujer? ¿es culpable o es inocente? ¿Qué le ocurrió a su marido? Otro video. Otra pausa. Anoto sus gestos. Busco en ellos el desliz. En sus palabras, a veces, encuentro justo lo que no quería y eso me lleva a confirmar aquello que sí vi en ella hace unos días. De una cinta a otra -y con la ayuda solo de las chinchetas de mi intuición- voy llenando la pared de hilos conductores. Al final, si eres un poli de verdad, los casos hay que cerrarlos o te seguirán por donde pises el resto de tu vida. Y si ella no tiene nada que ver, tendremos que dejar que se vaya a casa. Como el inspector de Higgins en «La Rata en llamas». Joder, John, yo no sé nada de historias. Don no sabe nada de historias. Coño, ni siquiera estoy seguro de que Don sepa ponerse los pantalones y, si sabe, es porque yo le he enseñado. ¿Qué hacemos con esa mujer?

Y es entonces cuando recuerdas que aunque sea un juego, una cosa te ha llevado a la otra y ahora, además de cientos de videos sobre una esposa que empiezas a conocer mejor que a la tuya, has adquirido una responsabilidad. Y no vale con volver a tirar todas las cintas al aire esperando que la suerte te premie con un coartada, un arma homicida o un detalle que la exculpe. Por algo eres policía. Relee tus putas notas. Vuelve a los ojos de la mujer. Rebobina. Pausa. Dale para adelante. Entrena. ¿Desvió la mirada cuando escuchó la pregunta? ¿Se tocó el pelo? ¿cruzó las manos? La verdad, el verdadero orden de los acontecimientos, está entre las líneas del VHS, sentada junto a ella con los codos en la mesa mientras ambas piensan cómo diablos han podido llegar a esa situación.

Las mentiras ante nuestros ojos

Y ¿qué tiene de especial la verdad?, te preguntarás. Para Sam Barlow, mucho. Telling Lies es la siguiente parada en el confeti mental. Aquí el video ya es en alta definición y a pantalla completa. Siguen siendo pedazos de la vida de alguien grabados por una cámara, pero en contra de en Her Story, ya no es ella sola atrapada entre una mesa y cuatro paredes. Ahora hay muchos más puntos de vista. Planos y contra-planos. Sigue el cine en Barlow y siguen también los dramas de Shakespeare y el suspense de Hichtcock. Telling Lies es un juego moderno que podría salir de instagram, o ya puestos, de un hilo de Twitter. La policía ha recuperado grabaciones del móvil de cada uno de los personajes pero la base de datos está corrupta. Los videos saltaron por los aires y este es el desastre que tenemos. Una vuelta de tuerca al mismo tema.

Vuelta a la rutina. Llegas a casa. Saludas a tu marido. Enciendes el ordenador y la base de datos te pregunta qué palabra clave quieres buscar. Amor. Odio. Muerte. De lo general vas pasando a lo personal. Los videos donde se nombra esa palabra exacta quedan disponibles. Telling Lies muta Her Story y abre un canal directo a la vida del personaje. Están en la cama, confiados de que nadie les ve, charlando sobre sus problemas a cobijo de lo privado. Eres una chica enamorada. Eres un tipo del gobierno. Eres una mujer que vive de enseñar su cuerpo. Eres la investigadora en el reflejo del televisor.

Enlaces bajo supuesto

El nexo entre todos ellos son las palabras repetidas. Un scrabble virtual. Bien podrías ir al tuntún, lanzando metatags al aire mientras esperas el milagro, o también, jugar de verdad, tomártelo con el código deontológico que mueve a un investigador: si A me lleva a B, la lógica de C tiene que llegar a D. Cientos de intimidades se reparten a lo largo de Telling Lies como un sumatorio de voyeurs. Cuanto más les conoces, más quieres saber. Más profundo es el secreto. Te hará sonreír una palabra en un lugar y un gesto en un momento distinto. ¡Esa es la pieza que faltaba! Luego, por supuesto, no encajará con todas a su alrededor y te tocará afinar el oído, afilar tu vista. Aprender a leer entre las líneas del video.

Her Story y Telling Lies cuentan con actores profesionales, conocidos y contrastados, que pasan del cine al videojuego para dejar nota de que allí en el medio del que provienen, la exigencia en la interpretación es su propio gameplay. Logan Marshall tiene los ojos de su personaje. Kerry Bishé, quien fuera historia de la tecnología en Halt and Catch Fire, parece que pueda tocarse a través de la pantalla, si Alexandra Shipp te coge de la mano, la desvergüenza de Angela Sarafyan hará que, por momentos, te sientas tan incómodo como si fueras tú realmente quien hubiera entrado en su alcoba. Son buenos actores, bien elegidos y extrañamente cotidianos que dan al contexto la veracidad que necesita.

La realidad tras la pantalla

Pero venga, inspector, ¿son culpables o inocentes? La pregunta de Sam Barlow en cada juego se vuelve perturbadora. Siempre ha sido fácil señalar desde lejos. Hay un espacio infinito cuando juzgamos a los demás, mucho más infinito cuando -además- no conocemos a esa persona. A medida que investigas tiramos de la cuerda y ese que antes nos parecía tan deleznable, empieza a explicar sus actos. Se juntan el fin y los medios y ambos se justifican el uno a otro. Ni solo víctima ni solo verdugo. Esto no es un juego pixelado donde ni los malos hacen su contorsionismo evidente ni los héroes llevan armas que se recargan con la munición que encuentran repartida por los pasillos. En los juegos de Barlow, parpadean, te miran, te hablan, te mienten, son videos que podrían haberte mandado tus hermanos o tus padres, tus colegas; y así, cuando lo conoces todo sobre una persona, juzgarla con objetividad es un desacato de órdago. A ver quién es el listo que puede quitarse de la cabeza las razones que justifican el peor de los dramas.

Shakespeare, Hitchcock son en realidad los actores que dan vida al Her Story y Telling Lies de Sam Barlow. Y luego estás tú, frente al monitor, trabajando como inspector, decidiendo cuándo vas a tener suficiente material para el punto y final. Ahora hazte un favor. Escribe tu propia historia, rómpela en pedazos y lánzala por los aires. Seguro que el siguiente en encontrarla descubre partes de ti merecedoras de un gran premio. O también puede que te declaren culpable. Todo, como en los relatos, como en Her Story y Telling Lies, dependerá del orden en el que te miren.

  1. Leyéndome este texto me han dado muchas ganas de comprarme el segundo y de jugar también al primero tal y como dices. En serio que nunca había visto los juegos de Sam Barlow tal y como los has puesto tú, ahora quiero más cosas así. ¡Ah, y bienvenido a AKB!

  2. Lo flipé mucho con Her Story y su narrativa, también con su apuesta jugable, y tengo pendientísimo Telling Lies.

    Menudo post, menudo estreno, menudo fichaje.

    Bienvenido, Óscar!!!!!

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