Aquellos maravillosos años… jugando a Dungeons & Dragons

Hace un rato que mi compañero Ray ha publicado una imagen en Twitter de Wizards of the Coast, la propietaria de las cartas Magic y, también, de Dungeons & Dragons, de la franquicia de rol que me conquistó de pequeño, que ha hecho que viaje al pasado, que vuelva a recordar aquellos maravillosos años.

Dungeons & Dragons

Mi época como jugador y Dungeon Master de Dungeons & Dragons

Mi afición por los juegos de rol comenzó con la lectura, a una edad muy temprana, de la saga Dragonlance, dejándome atrapar por la que para mí es la mejor trilogía de fantasía épica de la historia y haciendo que mis ojos brillasen cada vez que veían un dragón, una espada o un mago en una portada.

Tras la lecutra de estas novelas comencé a pasar por la biblioteca de mi pequeña ciudad, en la que sorprendentemente tenían unos libros delgaditos en los que se podía ver el logo de D&D y en los que venía, bien grandecito, la frase “elige tu propia aventura” y tanto que si lo hice.

De estos libros pasé a tener la caja básica de Dungeons & Dragons, con mi cara iluminándose cada vez que veía ese hermoso dragón rojo y mis manos tratando con mimo el tablero, las figuritas de cartón, los dados y las inumerables fichas que explicaban todas las reglas de juego.

Dungeons & Dragons

Por suerte, pese a vivir en una ciudad tan pequeña, acabe conociendo a personas que compartían mi afición, que me abrieron la mente a algo más grande, más complicado y a su vez, con mucha más libertad de acción: los verdaderos juegos de rol de lápiz, dados y papel, con enormes libros de reglas, compendios y mil y una aventuras por descubrir.

He de confesar que mi primera experiencia con este nivel más avanzado de rol fue Aquelarre, producto patrio de gran calidad, o por lo menos yo así lo creía, que me hizo vivir mis primeras aventuras ya en la “primera división de los juegos de rol”.

Pero lo bueno no llegó hasta que no probe AD&D en su versión 2.1 más concretamente, con la que pase horas y horas jugando, dejando volar mi imaginación, riendo y convirtiéndome en un poderoso mago o en un hábil explorador, visitando mundos de los que ya había leído, como Dragonlance, o conquistando nuevos territorios en tierras tan insólitas como Ravenloft, quizás mi reino de juego favorito junto al de los dragones, sin olvidar, por supuesto, otros clásicos como los Reinos Olvidados o la visita anual al Templo del Mal Elemental.

ravenloft

La verdad es que recuerdo de forma muy especial aquellos maravillosos años, en los que me pasaba pensando toda la semana las aventuras o más bien atrocidades a las que debía de someter a mis jugadores si me tocaba dirigir la partida o cómo salir de esa complicada mazmorra a la que nos estaba enfrentando nuestro Dungeon Master, fantaseando con el futuro de mis personajes.

Tras esto, como podréis intuir, fue todo hilado hacia los videojuegos de este género, empezando por Eye of the Beholder, pasando por Icewind Dale y disfrutando muchísimo de Baldurs Gate, además de abrazar también en rol japonés con Final Fantasy VII o Legend of Dragoon y, por supuesto, pasando a los MMO con el título online de Dungeons & Dragons y, finalmente, con WOW.

Me encantaban esos maravillosos años y, cada vez que veo algo de Wizards, o un viejo manual de rol esbozo una increíble sonrisa. No voy a decir que cualquier tiempo pasado fue mejor ya que, ahora mismo, estoy bastante contento con mi vida a día de hoy pero si me pidieran tener algo más, además de un par de millones de euros y bajar unos 10 kilos, lo que pediría es, sin dudas, poder jugar de nuevo, otra partida más a Dungeons & Dragons, algo que en mi ciudad, a día de hoy, se antoja a casi un imposible.

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