Opinión: Zelda: Breath of the Wild y el (meta)síndrome de Stendhal

«Había llegado a ese punto de emoción en el que se encuentran las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme».

Basílica de la Santa Cruz, en Florencia. No es como el Zelda, pero mola.

El Síndrome que define al Arte

Así definía Stendhal su estado anímico tras salir de la Basílica de Santa Cruz durante un viaje por algunas de las ciudades más importantes de Italia: agotado, sobrepasado por la belleza abrumadora de un edificio que servía de colofón a días enteros de fascinación. En esta descripción del escritor francés se ha basado después la psicología para bautizar a lo que hoy conocemos como “síndrome de Stendhal”: esa sensación – normalmente relacionada con la observación de obras de arte – de cansancio, de adoración exagerada que lleva casi a anulación de la razón, de vértigo, de empequeñecimiento ante una belleza que se muestra inalcanzable.

Recuerdo haber sentido por primera vez ese vértigo en los Museos Vaticanos. Recuerdo la acumulación de sensaciones, el paso de la admiración a la saturación, de la fascinación de las primeras salas al vértigo que me provocó la Capilla Sixtina. Todos hemos sentido ese ‘algo’ indescriptible alguna vez. Uno se queda sin palabras: no opina, no valora, no juzga; uno se limita a observar, a digerir lentamente. Repito: Todos hemos sentido ese ‘algo’. El síndrome de Stendhal no es un sentimiento reservado a señores de traje y corbata, no es una invención que nace entre catedráticos y carajillos, no se limita a obras que figuren en manuales o historias del arte, es algo que podemos sentir en cualquier momento: en cines, escuchando música, leyendo y, por supuesto, jugando a videojuegos.

Panorámica en Breath of the Wild

La belleza de Breath of the Wild

Y aquí es donde quería llegar. Llevo una semana dándole vueltas a todo lo que he sentido – y sentí, especialmente, durante las primeras horas – jugando a Zelda: Breath of the Wild, y no sólo encuentro lógico recurrir al síndrome de Stendhal para definir las sensaciones que el juego me ha provocado, sino que veo imprescindible aclarar que, en realidad, la definición que he dado se le queda pequeña. Lo que he sentido con Breath of the Wild va más allá: es abrumación, vértigo, cansancio y empequeñecimiento ante la belleza interminable de Hyrule, sí, pero también es más que eso. Me explico. Sentí algo muy parecido por primera vez leyendo Poeta en Nueva York: yo, que nunca he pasado por tal situación, era capaz de sentir la fascinación que la gran ciudad provocó en Lorca, una fascinación que le sobrepasaba y, por ello, sobrepasa también al lector. Todavía más, porque ese vértigo compartido con el poeta me llegaba a mí a través del vértigo que me causaba per se la belleza de sus poemas, lo que agudizaba la sensación.

Esta especie de (meta)síndrome de Stendhal moderno, agravado, elevado al cuadrado, que tanta impresión causó en mí, se ha repetido ahora Joy-cons en mano. La historia del nuevo Zelda es la historia de un Link que debe redescubrir Hyrule tras cien años dormido, es una historia de descubrimiento, de fascinación, de sorpresas y vértigos. El reino de Hyrule se muestra en esta nueva entrega de la saga especialmente bello (y especialmente inmenso): solo el tutorial – por otro parte, uno de los mejores tutoriales que se recuerdan en un videojuego –, pensado precisamente para introducir lentamente al jugador en el mundo (o al mundo en el jugador), para no abrumarle, ya supone un continuo ir y venir de nuevos hallazgos, de primeros contactos con la belleza del reino. Los primeros compases de la aventura son, para Link y para nosotros, momentos de experimentación, de extrañeza, de habituamiento.

La expresividad de Link

Ahí encontramos una de las grandes decisiones del diseño de personajes: Link es un personaje que, las más de las veces, se muestra inexpresivo, serio, ni feliz ni triste; su rostro se permite la sorpresa solo en aquellos momentos en que la sorpresa va a ser compartida, con total seguridad, por el jugador. Link ofrece así una capacidad de mímesis mucho mayor con quienes estamos a este lado de la pantalla y la relación entre ambos se convierte en una relación íntima, de analogía, porque Link está sintiendo la misma abrumación que sentimos los jugadores ante la belleza de Hyrule (o nosotros estamos sintiendo la misma abrumación que Link).

Y creo que esta expresividad de Link es imprescindible para que en el nuevo gran éxito de Nintendo pueda darse esa especie de síndrome de Stendhal moderno y metanarrativo porque, en Breath of the Wild, la fascinación visual que provoca la belleza de Hyrule, compartida con Link, se multiplica en el jugador por la fascinación que el resto de aspectos del videojuego provocan en él. Del mismo modo que el vértigo que quiere transmitir Lorca en Poeta en Nueva York se agudiza por la propia belleza de sus versos, la magia de la dirección de arte del nuevo Zelda llega elevada por un gamefeel cuidado al milímetro. Y es que a quién de nosotros no le resulta exageradamente bello un videojuego que te permite admirar la salida del sol mientras dejas rodar una bomba montaña abajo esperando reventar el enésimo campamento bokoblin.

  1. Textazo como la copa de un pino.

    Comparto totalmente tu opinión. Es llegar a un nuevo lugar y quedarme fascinado por su belleza. Voy a acabar llenando la memoria de la Switch de fotos. Quiero vivir en Hyrule!

  2. Que bien que se sepa ver estas cosas o se tenga la sensibilidad para poder apreciarlas. Títulos como este Zelda no aparecen muy a menudo, cuando sucede casi es obligación el expresarlo, más entre tanto genérico y juegos “superfluos”.

  3. Creo que estoy experimentando síndrome de Stendhal tras la lectura de este texto… Me voy a Hyrule ver si se me pasa xD. Ya en serio, gran artículo.

    Saludos.

  4. Debe ser terrible ese síndrome en un juego de terror.Creo casi me dio en Dead Space.Dure mucho tiempo sin jugarlo para terminarlo 2 veces como es mi tradicion en todo juego.

  5. Buen texto.

    Cada vez tengo mas ganas de jugarlo, pero me da que hasta navidades no caera una switch :/

    Yo la ultima vez que recuerdo haber sentido algo asi con un juego fue jugando a Journey. Aquel sentimiento empezo minimo, pero tal y como el juego, fue aumentando y aumentando hasta llegar a la recta final en la que el extasis de emociones era sumo.

    cuando los videojuegos consiguen algo asi en nosotros es cuando nos acercamos a madurar como medio y publico y entonces podernos comparar con otras artes mucho mas maduras y longevas.

  6. No sabía el nombre del síndrome pero estoy exactamente igual que tú y no tengo ni la mitad del mapa visitado… Llevo jugando videojuegos desde mi infancia y pocos han conseguido lo que está consiguiendo este título de Zelda. Pura magia audiovisual. Te puedes perder horas por Hyrule y estar fascinado con cada rincón. Muy buen texto. Expresas lo que muchos hemos sentido estos días. Gracias

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