MW o cuando a Tezuka le dio por romper todos los tabúes

Reparar en la figura de Osamu Tezuka es algo que a todos los que leemos manga nos acaba pasando. El padre del manga y uno de los autores más prolíficos de la historia, una escueta descripción que suele usarse para definir la carrera de un genio. Hoy voy a hacer un pequeño esfuerzo y voy a comentar una de sus obras más oscuras y más interesantes: MW.

Osamu Tezuka

Una obra muy interesante en su contexto

Para ubicar este trabajo dentro de la bibliografía del autor, es necesario ponernos en contexto y entrar de lleno en una época extraña para Tezuka. Es la década de los 70 y acaba de cerrar COM, revista en la cual había trabajado gran parte de su obra hasta la actualidad debido a la baja demanda de un contenido considerado infantil. En el Japón de esa época los jóvenes que consumían sus mangas han crecido y, con ello, buscan acercarse a un contenido para adultos, con tramas maduras y a la altura de sus COMexpectativas. Un momento donde el padre de Astro Boy decide cambiar su registro de manera radical y nos dotó de obras como Black Jack (1973-1983) o Buda (1972-1983).

Japón vivía un momento de tensión. En 1973 el país padeció su primera recesión industrial tras el final de la Segunda Guerra Mundial debido a un aumento del petróleo en su importación, lo cual era crucial para mantener un tejido industrial sano dentro de la nación. Pese a los cambios dentro de su modelo de producción y la apuesta por otras fuentes de energía, la desaceleración económica era palpable en 1976. Pero eso no es todo, pues se vivía un creciente clima de tensión política. Justo el año de salida de MW se vivió en Japón el arresto de Kakuei Tanaka, presidente de Japón desde siete de julio de 1972 hasta el nueve de diciembre de 1974 por aceptar tres millones de yens en sobornos en lo que se conoció como El Caso Lockheed.

Eso no fue lo único que ocurrió dentro del territorio. Otro caso quizá menos conocido internacionalmente pero de igual importancia para comprender esta obra de Tezuka es la aparición y actividad del Ejercito Rojo Japonés, una organización comunista fundada por Fusako Shigenobu que causó diversos atentados en suelo nipón, como la serie de detonaciones que ocurrieron en la sede tokiota de Mitsubishi en 1974 o diversos secuestros de aviones desde 1971 hasta 1977. Además, fuera del país se estaba llevando acabo uno de los conflictos internacionales más tensos y longevos de la historia. La Guerra Fría estaba en su punto álgido. La amenaza de una guerra nuclear se vivía a pie de calle, así como la existencia de armas bioquímicas y el emplazamiento de material armamentístico en diversas zonas del mundo en “preparación” para el momento en que la verdadera guerra estallara.

MW

MW, una muestra desfigurada del Japón de la época

Con un contexto social y político tan profundo, no es de extrañar que Tezuka quisiera verter gran parte de la realidad en su obra. Podemos encontrar numerosos paralelismos con el manga y entender mejor el contexto del título si conocemos que se cocía en el mundo de Tezuka. Secuestros, atentados, avaricia, corrupción… temas plasmados dentro de MW y del escenario que engloba a nuestros dos protagonistas en el Japón de los 70 ficticio que el autor creó para MW. Y aquí entran en juego Yûki Michio y el padre Garai, dos personas con un trasfondo doloroso, víctimas del desastre bioquímico que arrasó con la isla de Okinomafune.

El comienzo de la obra, sin embargo, podía engañar en sus primeros instantes. Yûki Michio es un banquero, un salaryman con muy buena proyección dentro de su compañía. Inteligente y cauto, con un donaire que lo hacía destacar y ganarse la confianza de sus jefes que ven con muy buenos ojos la voracidad con la que Michio busca ascender en la empresa. Sin embargo, todo es una fachada, y ni siquiera los trazos tan gruesos de Tezuka pueden desviar nuestra atención ante el despliegue de atrocidades que este joven prometedor es capaz de hacer.

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Personajes intercambiados

Michio está loco, es la única palabra con la que podemos englobar en su totalidad las motivaciones y actos que comete nuestro protagonista a lo largo de la obra. Manipulador y retorcido, sus motivaciones se nos ocultan durante gran parte de la trama mientras nos muestran hasta donde llegan los límites de su maldad. Aprovechando su andrógina fisionomía, se disfraza de mujeres para realizar llevar a cabo sus planes y salirse siempre con la suya a la vez que hace uso de su estatus social y laboral, todo con un objetivo en mente: la de conseguir completar su plan final.

Sin embargo, tenemos dentro de este personaje una dualidad muy extraña, pues fuera de la doble vida que lleva como respetado ciudadano y malvado villano, destaca su relación con el otro protagonista de nuestra historia, Iwao Garai. Respetado sacerdote católico de las afueras de Tokyo, pocos sospecharían la relación entre ambos y muchos menos podrían siquiera intuir el pasado en común que provocó esta historia: una violación de Garai hacia Michio cuando este no era más que un chiquillo en medio del desastre bioquímico provocado por el gas MW que da además nombre a la obra.

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Pasados en común, un presente desolador

Este acto y la supervivencia de ambos llevó a Garai a cambiar de vida. De un vulgar ladrón a sacerdote, buscando de esta manera expiar los pecados, pero incapaz a su vez de alejarse de los brazos de Michio, que se muestra completamente a merced del padre cuando están en la cama. Tezuka, completamente desatado, fue capaz de construir una historia que rompía con los tabús de la época, mostrando abiertamente la bisexualidad, el incumplimiento del celibato por los placeres carnales, el travestismo y las violaciones a menores.

Todo esto mientras la trama avanza. Nos vemos seducidos por los trazos de Tezuka, por el mundo que construye, tan cercano al nuestro que solo una breve línea de ficción nos separa de él. Que un manga como este saliera durante mediados de los 70 es un hito en sí mismo y no solo para el autor, que demostró que el manga para adultos era algo que podía dominar con la misma facilidad que había demostrado para el infantil. Black Jack, Buda, Oda a Kirihito (1971-1973)… dentro de la rotundidad de cada obra, ninguna llegó jamás al nivel de MW. Porque no es solamente liberarse de convencionalismos, es cautivarnos con la historia, es atraparnos y desear saber más. Odiar y amar al protagonista, empatizar con un Michio cuya alma fue desfigurada por un trauma imposible de superar mientras a la vez animamos a Garai, el villano que debe salvar el mundo del monstruo que él mismo ayudó a crear.

MW

En resumen

Esto es MW, esto es Tezuka. Publicada originalmente entre 1976 y 1978 en la revista Big Comic, en España tenemos la suerte de contar con una versión integral de la mano de Planeta Cómic, si bien he oído alguna que otra crítica por parte de la corrección ortográfica de la obra al español. Sin embargo, somos afortunados de poder disfrutarla actualmente editada en nuestro país, cuarenta y cinco años después de que terminara. Porque el manga, al igual que cualquier obra literaria, es atemporal, y los problemas e inspiraciones que dieron trasfondo a esta obra pueden reflejarse en nuestro presente.

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