Una pequeña historia de mi relación con Animal Crossing

Verano de 2013 fue inolvidable para mí. Desde que tenía aproximadamente once años acostumbré a jugar JPRGs como si fuesen a desaparecer de la faz de la Tierra cada verano, pues durante el curso había otros títulos pendientes que alquilar o que tomar prestados. Pero con Animal Crossing: New Leaf me sumergí en un título que no olvidaré jamás. Una historia.

Animal Crossing
Ya me pasó con Animal Crossing: Wild World, para Nintendo DS. También en verano. Sin embargo, la llegada de otros títulos termino desenganchándome de ese atrapavidas de Nintendo EAD. Es un contraste radical; pasar de un JRPG como Eternal Sonata a Animal Crossing: New Leaf no tiene mucho que ver, pero durante ese verano mis horas libres iban a ser muy pocas a lo largo del día: solo la hora libre para comer y cuando llegase a casa después del trabajo. Y caí, caí como una mosca.

Recuerdo que hice algo bonito, que no le había contado a nadie hasta ahora pero que comparto con vosotros. Tengo que remontarme al mes de agosto de ese año, el día en que mi pueblo cumplió dos meses (más de 250 horas invertidas según el registro de actividad de mi consola); ese día sentí que el momento que tanto temía estaba muy cerca: iba a saciarme pronto. Ese día cumplí todas las tareas diarias como cualquier otro, pero había algo dentro que me decía que tenía que abandonar esa visita diaria a mi pueblo, porque al final iba a convertirse en una obsesión: tenía que demostrarme a mí mismo que era capaz de estar sin jugar por voluntad propia.

Así pues, cogí un folio y apunté, con firma y fecha, lo mucho que estaba y había disfrutado de mi estancia en el pueblo de “Lekanto”, emplazamiento donde se situaba mi casa en este Animal Crossing: New Leaf. En Lekanto eché kilómetros y kilómetros pescando y dando vueltas día y noche, cogiendo escarabajos y haciendo de ese pequeño pueblo el lugar donde no me importaría estar en la vida real. Era mi momento de paz cada día.

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Firmé y dejé claro que, por mucho que pasase el tiempo, no podía olvidar los buenos momentos que viví a lo largo de ese verano con Animal Crossing: New Leaf. Fue una promesa.

Ahora he vuelto.

Lo he hecho por mera curiosidad, para ver cuánta gente se ha marchado y la cantidad de cucarachas que debía haber en mi casa tras más de un año sin pisar mi hogar, sin escuchar la voz de Canela. El recuerdo no es el mismo, ya no siento ese imán de antes; no es un problema del juego sino que ya no sé qué más hacer. Quizá la solución pase por iniciar una nueva partida, pero no pienso borrar ésta bajo ningún concepto. Al fin y al cabo, tengo una promesa que cumplir de mi yo de verano de 2013.

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