Diario de Viaje: A Way Out, un doloroso desengaño

Ya he acabado de jugar A Way Out con mi hermano. Hemos disfrutado la mayor parte de la historia entre bromas, risas, cachondeo, los minijuegos… Una buena colección de anécdotas. Pero el final nos ha sentado como un puñetazo a la boca del estómago.

Un viaje con una estación final inesperada

Te contaba el otro día en este otro post la primera mitad de mi experiencia con A Way Out. La cooperación entre los dos protagonistas, las anécdotas que les suceden durante el camino… nada te prepara para lo que se despliega en tu cara al final del viaje.

En cierta manera, A Way Out tiene mucho en común con The Last of Us II. Usa la empatía para distraerte de una colisión inevitable, y cuando esta llega, asumes que vas a poder lidiar con ella con las armas con las que has disfrutado el juego. Pero no. Y eso desconecta, al menos en mi caso, al Jugador del Juego.

Un desengaño amoroso

A Way Out antepone, en su desenlace, la narrativa a los Jugadores, prescindiendo de sus sentimientos, de sus opiniones, incluso de los controles, porque estos son una mera excusa para ofrecer una ilusión interactiva. No sé lo que pretendían en Hazelight con el desenlace pero, en mi caso, ha provocado un desenamoramiento con la propuesta.

Conseguir engatusar a los Jugadores no es sencillo. Pero una vez que lo consigues, renunciar a esa relación para forzar una conclusión egoísta, impuesta por el desarrollador, sin tener en cuenta lo hecho hasta entonces. A Way Out se traiciona en su desenlace y, en su traición, se lleva por delante a quien haga falta. Incluyendo al que tendría que ser el actor más importante: el Jugador.

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